Jack prepara una orgía de su esposa Irene con el profesor de yoga y otros monitores

 

Jack prepara la orgía de Irene con su profesor de yoga y otros monitores

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Toda orgía requiere una planificación. Aquí Marco, el profesor de yoga de Irene, adelanta a Jack como va a ser el retiro espiritual de su mujer, que se convertirá en una orgía interracial muy morbosa… y todo acorado con su amado esposo.

El vestido rojo, la gargantilla de cuero y los tacones que Marco le había enviado esperaban su turno. Sabía lo que iba a pasar. No era un seminario. Era entregarse a cuatro hombres y a sus grandes pollas.

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Este relato es continuación directa de Irene y el profesor de yoga que se la folla por Deneb - TodoRelatos

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Jack, el marido stag de Irene, llevaba el teléfono pegado a la oreja desde hacía rato. La voz de Marco seguía sonando calmada, casi pedagógica, como si estuviera describiendo la secuencia de una clase avanzada.

 

—Te lo estoy contando todo porque Irene quiere que sepas exactamente lo que va a pasar —dijo Marco—. No te voy a ahorrar nada. Dos de los cuatro hombres son negros. Enormes. Pollas gordas, largas, de esas que Irene siempre ha dicho que le gustan. Tienen fama de ser brutos, casi de violadores.

No la van a violar realmente, claro, pero sí de esos que no se andan con miramientos cuando una mujer les pide que se la follen sin piedad. Ella lo sabe y le pone. Los otros dos somos blancos, pero nuestras pollas son también enorme, aunque vamos a dejar que los negros sean el centro de gravedad. Van a ser los que más la empotren, los que más la llenen, los que más la marquen.

 

Jack notó cómo se le secaba la boca. Intentó decir algo y no le salió.

 

—Empezaremos, sin muchos preliminares, en cuanto llegue —continuó Marco—. La desnudamos entre los cuatro. Los dos negros ya van a estar duros, con esas pollas pesadas, venosas, casi del tamaño de su antebrazo. Uno se va a poner detrás de ella, le va a separar las nalgas y le va a restregar la cabeza de la polla contra el culo, sin meterla todavía, solo para que sienta el grosor. El otro se va a poner delante y le va a meter la polla en la boca de golpe, hasta la garganta, para que empiece a babear y a atragantarse. Los otros dos vamos a estar abriéndole las piernas y metiéndole dedos en el coño y en el culo a la vez. Va a estar de pie, apoyada en la pared, y ya va a notar dos pollas enormes y cuatro manos antes de que pase un minuto.

 

Marco hizo una pausa, como si estuviera ordenando las ideas.

 

—Luego la bajamos. A cuatro patas. Aquí es donde empieza el spitroast. Te lo explico porque sé que no estás familiarizado con el término. Spitroast es cuando la atraviesan de un extremo a otro: uno por detrás, follándola por el coño o por el culo, y otro por delante, metiéndole la polla en la boca. Queda como un asado en el espetón. En este caso, uno de los negros se va a poner detrás y le va a meter esa polla enorme en el coño, despacio al principio para que se abra, y luego a empujones fuertes. El otro negro se arrodilla delante, le coge el pelo con las dos manos y le folla la garganta hasta el fondo, haciendo que se le salten las lágrimas. Los otros dos estamos a los lados: uno metiéndole un dedo o dos en el culo al mismo tiempo, el otro azotándole las nalgas o masturbándose encima de su espalda. Ella va a estar atravesada, Jack. Completamente atravesada. Y todavía no hemos llegado a lo más intenso.

 

Jack cerró los ojos. Notó el pulso en las sienes.

 

—Después viene el sándwich oral-anal —siguió Marco—. Es parecido al spitroast, pero más específico. Uno detrás, penetrándola por el ano, y otro delante, follándole la boca. La vagina queda libre para que alguien le meta dedos, un juguete o incluso una tercera polla si se da el caso. En este seminario, uno de los negros se va a poner detrás y le va a meter la polla en el culo. Es gorda, Jack. Va a tener que empujar con fuerza para que entre del todo. Mientras tanto, el otro negro se pone delante y le llena la boca. Ella queda atrapada entre los dos, empujada hacia delante por el que la folla por detrás y hacia atrás por el que le folla la garganta. Los otros dos vamos a estar acariciándola, azotándola, o metiéndole un vibrador en el coño mientras los dos negros la usan. Va a gemir con la boca llena. Va a babear. Va a pedir más aunque no pueda hablar bien.

 

Marco bajó un poco la voz.

 

—Y luego la doble penetración de verdad. La tumbamos de lado en la cama. Uno de los negros se mete debajo de ella y le entra por el coño con esa polla enorme. El otro se coloca detrás y le mete la suya en el culo. Los dos a la vez. Dos pollas gordas, negras, llenándola hasta el límite. Separadas solo por esa pared fina. Uno empuja lento y profundo, el otro más rápido. Ella va a estar gimiendo con la boca abierta porque uno de nosotros se va a poner de pie frente a su cara y le va a meter la polla en la garganta. El cuarto va a estar chupándole las tetas o azotándole el culo. Cuatro hombres. Manos en el pelo, en el cuello, en las caderas. Nalgadas fuertes. Mordiscos. Palabras sucias al oído: que es una puta, que se lo está ganando, que le gusta que la llenen dos negros a la vez. Y cuando el primero se corre dentro del coño, no sale del todo. Empuja el semen más adentro. Luego se aparta y el siguiente entra en el coño lleno, todavía caliente. Lo mismo con el culo. Vamos a llenarla de creampies. Varios. Va a gotear mientras el siguiente se la folla. Y cada vez que cambien, alguien le va a decir que se limpie la polla que acaba de salir de su culo. Con la lengua. Que se la chupe bien limpia.

 

Jack apretó el teléfono.

 

—Y todo eso lo vamos a grabar —añadió Marco—. Fotos y vídeos. Primeros planos de cómo se le abre el coño y el culo con esas pollas gordas. De cómo se atraganta. De cómo le corre el semen por las piernas. De su cara cubierta. Te los vamos a mandar en tiempo real, Jack. Mientras esté pasando. Vas a recibir el vídeo de ella en pleno spitroast, con un negro detrás destrozándole el culo y el otro delante obligándola a tragar hasta las bolas. Vas a ver cómo se corre mientras dos pollas la atraviesan. Y yo te voy a llamar justo en ese momento para que lo oigas también. Los gemidos ahogados, el ruido de los cuerpos, las nalgadas, cómo le dicen que se abra más. Vas a oírla pedir más. Y tú vas a estar en el sofá, mirando el móvil, viendo cómo tu mujer es usada por esos dos negros enormes y por los otros dos, llena de semen, con las piernas abiertas y la boca abierta. Sin poder hacer nada más que mirar y escuchar.

 

Marco dejó que el silencio se alargara unos segundos.

 

—Cuando terminen, te mandaremos más vídeos. De ella tumbada, goteando de los dos agujeros, con la cara y las tetas cubiertas de semen. De cómo se queda quieta mientras los cuatro se limpian y hablan de lo bien que se la han follado. Tú solo vas a poder mirar y escuchar. Nada más. Ella quiere esto. Y tú vas a quedarte fuera. Solo con el teléfono y con las fotos.

 

Jack no respondió. Al otro lado de la línea, Marco esperaba.

 

Marco dejó que el silencio se alargara un poco más antes de seguir, como si estuviera midiendo la reacción de Jack al otro lado de la línea.

 

—Hay más —dijo, con el mismo tono calmado—. Le hemos comprado ropa. Lencería, vestidos, tacones. Cosas muy concretas. Un conjunto de encaje negro casi transparente, con el sujetador que apenas le cubre los pezones y unas bragas de tiras que se abren por los lados. Un body de látex que se le pega al cuerpo y deja el coño y el culo completamente al aire. Tacones de aguja altísimos, de esos que le arquean la espalda y le marcan el culo. Y un vestido corto, rojo, que se le sube solo con caminar. Irene lo ha visto todo. Le ha gustado. Dice que quiere usarlo.


Jack notó cómo se le tensaba el estómago otra vez.

 

—Uno de los días la vamos a sacar —continuó Marco—. Al pueblo. Vestida con eso. El vestido rojo, sin bragas, los tacones, y nada más debajo. Tan sexy que a una puta se le caería la cara de vergüenza.


Era un vestido corto, de un rojo intenso y brillante, casi líquido bajo la luz. La tela era fina y ligeramente elástica, de esas que se pegan al cuerpo con el calor y el movimiento. El escote era profundo, en V, y bajaba hasta casi el ombligo, dejando los pechos completamente al aire por los lados y marcando el canalillo. No llevaba sujetador; los pezones se notaban claramente a través de la tela cuando se endurecían.

 

La falda apenas cubría. Terminaba justo debajo del culo, de modo que al caminar, al sentarse o al inclinarse un poco, se le subía sola y dejaba a la vista las nalgas y, si no llevaba bragas, el coño. Tenía una abertura lateral que llegaba hasta la cadera, de forma que con un simple movimiento de pierna se abría del todo. En la espalda era casi inexistente: solo dos tiras finas que se cruzaban y se ataban en el cuello, dejando toda la espalda desnuda hasta el inicio del culo.

Los tirantes eran regulables y se podían soltar con un solo gesto. El vestido se ceñía a la cintura y a las caderas, marcando cada curva, y cuando Irene caminaba con los tacones de aguja, el tejido se tensaba sobre el culo y se le subía aún más. Era tan corto y tan ligero que con una mano bastaba para levantárselo por completo y dejarla expuesta. Bajo la luz de la calle o de un bar, el rojo parecía aún más provocativo, y la tela transparente en ciertas zonas dejaba entrever la piel.

 

Era, exactamente, el tipo de vestido con el que una mujer no podía dar dos pasos sin que todo el mundo se girara a mirarle el culo, las piernas y lo poco que cubría.

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Vamos a pasearla por la plaza, por las calles estrechas, con la gente mirando. Los dos negros van a ir a su lado, uno a cada lado, con esas pollas enormes marcándose bajo la ropa. Ella va a notar las miradas. Va a sentir cómo se le moja el coño mientras camina con las piernas casi al aire y el culo marcado. Y estamos pensando en ponerle una gargantilla. De cuero, con una argolla grande delante. Y atarle una correa de perra. Una de esas de cadena. Uno de nosotros la llevará de la correa mientras paseamos. Ella caminando delante, con los tacones, el vestido subido, la correa tirando un poco del cuello cada vez que se quede atrás. La gente va a verlo. Va a ver cómo la paseamos como si fuera nuestra.

 

Marco hizo una pausa.

 

—Y mientras tanto, claro, seguimos con lo de dentro. Las fotos, los vídeos. Te los mandaremos también de eso: de ella en la calle, con la correa, con el vestido subido porque uno de los negros le ha metido la mano por detrás y le está metiendo dos dedos en el coño mientras caminamos. De cómo se le marca el semen que le ha quedado dentro de la noche anterior. Todo.

 

Hubo un silencio más largo. Jack respiraba más fuerte.

 

—Jack —dijo Marco, casi con curiosidad—. ¿Se te ocurre algo más? Para mantenerla cachonda. Para que no se le baje el nivel en ningún momento. Ella quiere intensidad. Si tienes ideas, dímelas.

 

Jack tardó unos segundos en responder. Cuando habló, la voz le salió ronca.

 

—…Que se la intentéis follar en un sitio público —dijo—. No solo pasearla. Que la folléis de verdad. En la barra de un bar, por ejemplo. Que la subáis encima, le abráis las piernas y uno de los negros se la meta por el coño mientras la gente mira. O en un parque. De noche, o al atardecer. Que la pongáis a cuatro patas detrás de unos árboles y le hagáis un spitroast ahí mismo. Uno detrás con esa polla gorda en el culo y el otro delante en la boca. Que se oigan los gemidos. Que alguien pueda pasar y verla. Y que me mandéis el vídeo en el momento. Que yo lo vea mientras pasa.

 

Marco no contestó enseguida. Se oyó un leve sonido, como si estuviera tomando nota.

—Entendido —dijo al final—. Lo anotamos. Barra de bar y parque. Con la correa puesta, si se puede. Y tú solo escuchas. Nada más.

 

Jack solo dijo una cosa más: reventad bien a mi puta, la perra de Irene, y hacedla disfrutar en mi ausencia.

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