Irene en el retiro de Yoga con los 4 monitores y uno más

 

Irene en el retiro de Yoga. Orgía con los cuatro monitores


Este relato es continuación directa de Irene y el profesor de yoga que se la folla por Deneb - TodoRelatos y de Preparando Orgia Irene con Profesor Yoga (Fotos) por Deneb - TodoRelatos

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Los cuatro monitores de yoga sacaron Irene a cenar con un bodysuit amarillo tan ajustado que marcaba todo. En el baño del restaurante se arrodilló para sujetarles la polla mientras meaban y ella se las dejaba bien limpias con la boca. Uno se corrió en un vaso…

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Irene bajó del coche al atardecer, con la mochila al hombro y las mallas negras debajo del vestido largo. La casa de piedra del retiro de yoga estaba rodeada de pinos y el aire olía a tierra húmeda. Marco la esperaba en la puerta, flanqueado por tres instructores. 



Los tres eran de su edad, cuerpos firmes de tanto practicar, hombros anchos, miradas que no se apartaban de sus caderas mientras se acercaba.

 


Marco la tomó de la cintura y la giró hacia ellos sin soltarla.

 

—Esta es Irene. La puta de la que tanto os he hablado. Una tragadora de sables insaciable. Una zorra infiel que hace las delicias del cornudo de su marido. Seguro que, además de a mí, se ha follado al profesor de baile latino y a medio barrio. A sus marido, Jack, le encanta oír cómo la penetran cuando él no está. Ni Jack ni ningún hombre solo sería capaz de satisfacer las necesidades de Irene.

 




Irene sintió el calor subir por el cuello, pero no apartó la mirada. Uno de los instructores, el más alto, con barba corta, sonrió y le recorrió el cuerpo con los ojos.

 

—Se le nota —dijo—. Las tetas ya se le marcan.

 

Marco le apretó la cadera.

 

—Y le encanta. Sobre todo, cuando se las comen. Irene, diles cómo te gusta hacer mamadas en profundidad a pollas grandes.

 

Ella tragó saliva. La voz le salió más baja de lo que esperaba.

 

—Me gusta cuando me la meten hasta el fondo de la garganta. Que me sujeten el pelo y no me dejen sacar la cabeza. Que me la dejen bien dentro. Y tragar.

 

Los tres rieron por lo bajo. Marco asintió, satisfecho, y la empujó suavemente hacia dentro.

 

La primera hora fue tantra puro. Esterillas juntas en la sala principal, incienso suave, respiración lenta. Los cuatro hombres se turnaron para corregir su postura. Manos grandes en sus caderas, en la base de la espalda, en los muslos abiertos. Nadie la tocó entre las piernas. Todavía no, a pesar de que ella se contorneaba provocativamente, buscando la caricia de los cuatro machos que la iban a montar en cuestión de horas. Irene notaba cómo se le empapaban las mallas cada vez que uno de ellos le levantaba un poco más la pelvis o le pedía que respirara más hondo con la boca abierta. El de la barba le susurró al oído que se le veía el coño marcado contra la tela.

 


Después de la cena ligera, la llevaron a un dormitorio amplio con vistas al jardín. Sobre la cama había varios conjuntos doblados: sujetadores de encaje casi transparente, tops minúsculos de algodón fino que se transparentaban con el sudor, mallas de red que marcaban todo, braguitas de hilo que apenas cubrían el coño, un body rojo con la entrepierna abierta.

 

Marco se sentó en el borde de la cama.

 

—Pruébatelos. Uno por uno. Queremos verte.

 

Irene empezó por el conjunto negro de encaje. El sujetador le levantaba las tetas hasta casi salirse, los pezones ya duros contra la tela. Las bragas se le hundían entre los labios. Los cuatro hombres la miraron en silencio mientras se giraba, se agachaba, estiraba los brazos. El más alto se acercó y le pasó un dedo por el borde del encaje, justo donde se le marcaba el coño.

 

—Zorra, se te transparenta ya. Buena zorra. Tu marido debe estar muy contento contigo.

 

La hizo cambiar al top blanco casi invisible y a las mallas de red. Irene sintió el aire fresco en la piel y las miradas fijas en cómo se le marcaban las tetas y el culo. Cuando se puso el tercer conjunto —el body de encaje rojo con la entrepierna abierta—, Marco la tumbó en la cama y le abrió las piernas.

 

—Respira. Y déjanos.

 


Empezaron despacio. Bocas en sus tetas, chupando los pezones a través del encaje hasta dejarlo húmedo y pegado. Lenguas largas recorriéndole el cuello, el vientre, el interior de los muslos. Irene gemía bajo, intentando seguir el ritmo de la respiración que le pedían. Uno le comía el coño con la boca abierta, la lengua entrando y saliendo, chupando el clítoris con fuerza mientras otro le separaba las nalgas y le lamía el culo, despacio, insistente, hasta que el anillo se le relajó solo.

 

Marco se colocó entre sus piernas. Le metió dos dedos en el coño y otro en el culo al mismo tiempo, moviéndolos al ritmo de su respiración.

 

—Estás lista.

 

Sacó el móvil del bolsillo y se lo tendió.

 

—Llama a Jack. Está en el aeropuerto de Moscú, esperando el vuelo de vuelta. Cuéntale lo que te estamos haciendo. Que oiga todo lo que te vamos a hacer.

 

Irene marcó con los dedos temblorosos. Jack contestó al segundo tono. De fondo se oía el rumor de la terminal.

 

—Irene… ¿estás bien?

 

—Sí —dijo ella, la voz ronca—. Estoy en el retiro de yoga. Con Marco y tres instructores más. Me están… me están comiendo. Cariño, te cuento para que te hagas una idea de lo que me están haciendo. Uno tiene su la boca en mi coño. Otro me lame el culo. Marco me ha metido dos dedos dentro.

 


Hubo un silencio. Luego la voz de Jack, más baja.

 

—Dime exactamente qué hacen.

 

Marco le hizo un gesto. Uno de los hombres se arrodilló delante de ella y le metió la polla en la boca, gruesa, hasta el fondo de la garganta. Irene gimió alrededor de ella. Otro se colocó detrás y le empujó la cabeza ancha en el coño, lento al principio, luego más hondo. El tercero le abrió las nalgas y, con saliva y la punta de la polla, fue entrando en el culo. Irene tembló. Los tres se movían juntos, sincronizados, llenándola por completo.

 


—Me están follando los tres —susurró al teléfono, la voz entrecortada por las embestidas—. Uno en la boca. Uno en el coño. Uno en el culo. Estoy llena. Marco me está mirando. Me está… ah… me está sujetando las tetas.


Jack respiraba más fuerte al otro lado.

 

—No te cambies de bragas mañana. Las que llevas hoy. Quiero olerlas cuando llegue a casa. No te las quites hasta que yo esté yo en casa.

 

Irene asintió, aunque él no podía verla y explicó a Jack que los instructores la habían comprado ropa de puta y que ahora había llevado puesto un body rojo de encaje transparente, con apertura en el coño y que quería que Jack la follara con ese body puesto.

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El que la follaba por detrás no entró de golpe. Empujó solo la cabeza, un centímetro, y se detuvo. Irene soltó un gemido ahogado alrededor de la polla que tenía en la boca. Él le agarró las caderas con más fuerza y metió otro centímetro, despacio, sintiendo cómo el coño se le cerraba alrededor.

—He follado a decenas de acólitas de mis clases de yoga —dijo, la voz baja y ronca—. En retiros, en clases particulares, en el suelo de mi estudio y en sus lujosas mansiones. Putas que se arrodillaban en cuanto les bajaba las mallas. Pero ninguna se abría así. Ninguna gemía como tú cuando se la meto poco a poco.


Metió otro centímetro. El sonido húmedo, obsceno, llenó la habitación. Irene gimió más fuerte, un quejido largo y tembloroso que se cortó cuando el de delante empujó más hondo en su garganta. El que la follaba se rió por lo bajo y metió otro centímetro, luego otro, hasta que las caderas chocaron contra su culo.


—La mejor puta que me he follado. Mírate. Empapada. Tragando mientras te lleno el coño. Tu marido oyendo cómo te follamos entre los cuatro.

Las embestidas empezaron lentas, profundas. Cada vez que sacaba casi toda la polla y volvía a entrar, el golpe húmedo resonaba. Irene gemía sin parar, la voz rota, las caderas empujando hacia atrás a pesar de sí misma. El que la tenía por el culo empujaba al mismo ritmo, el anillo apretando, y el de delante le sujetaba el pelo y le susurraba que se la tragara entera.

—Jack está oyendo esto —dijo el que la follaba, embistiendo más fuerte—. Está oyendo cómo te parto el coño. Cómo gimes cada vez que te la meto hasta el fondo. Dile lo buena puta que eres.

Irene intentó hablar, pero solo salieron gemidos ahogados. El sonido de las embestidas se volvió más rápido, más sucio. El que la follaba le clavó los dedos en las caderas y habló más alto, para que el teléfono lo captara.

—Nunca he tenido una así. Una zorra que se deja llenar por tres mientras llama a su marido. Que se corre solo de oír cómo le hablan. Sigue gimiendo. Que Jack oiga lo que le estamos haciendo a su mujer.

Irene se corrió con un temblor largo, el coño apretando alrededor de la polla, el culo contrayéndose, la garganta cerrándose. Los tres siguieron embistiendo, alargándolo. El del coño no paró. Siguió metiéndosela hasta el fondo, centímetro a centímetro en cada embestida, hablando sucio, hasta que no pudo más.



El del coño se corrió dentro, caliente y espeso. El del culo empujó más profundo y le llenó el orto. El de la boca se la sacó a tiempo y le pintó la lengua y los labios. Marco, que había estado observando y tocándose, se arrodilló a su lado y le metió la polla en la boca todavía abierta, terminando en su garganta mientras los otros seguían moviéndose dentro de ella, alargando el orgasmo.

 

Irene se quedó temblando sobre las sábanas, llena, empapada, con el encaje del body arrugado y manchado. El teléfono seguía abierto. Jack no había colgado.

 

—Las bragas —repitió él, la voz tensa—. No te las cambies.

 

Marco le acarició el pelo y le susurró al oído, lo bastante alto para que Jack lo oyera:

 

—Mañana otra vez. Más lento. Más profundo. Y te dejamos las bragas bien sucias para él.

 

Irene cerró los ojos, todavía con el sabor a semen en la boca, y no colgó.

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Al día siguiente, después del desayuno, Marco llevó a Irene a la sala de tantra. En el centro había un sofá bajo, curvo, forrado de terciopelo oscuro, diseñado para que el cuerpo se abriera sin esfuerzo. Los otros tres instructores ya estaban allí, desnudos de cintura para abajo, las pollas medio duras.

 


—Hoy es el sofá sagrado —dijo Marco, con voz grave—. En los seminarios de tantra clásico, este mueble se usa para que la energía circule. La mujer se ofrece. Los hombres entran en ella por turnos. Respiración, contacto, y el coño abierto hasta que no queda tensión.

 


Señaló un conjunto sobre una silla: un body de encaje negro muy abierto, sin entrepierna, y unos tacones de aguja rojos, altos, con la plataforma transparente.

 

—Póntelo. Y los zapatos. No te los quites en todo el día. Son unos zapatos de castigo para que te sirvan de recordatorio del sufrimiento universal.

 

Irene se cambió delante de ellos. El body le apretaba las tetas y le dejaba el coño y el culo completamente al aire. Los tacones le alargaban las piernas. Se sintió una puta muy sexy. Se tumbó en el sofá, las caderas elevadas por la curva, las piernas abiertas. Los cuatro se acercaron.

 


Empezaron con las bocas. Uno le comía las tetas a través del encaje, chupando fuerte. Otro se arrodilló y le abrió el coño con la lengua, lenta, profunda. El tercero le separó las nalgas y le lamió el culo hasta que el anillo anheló ser penetrado. Marco se colocó entre sus piernas y le metió la polla despacio, centímetro a centímetro, mientras los otros seguían con la boca. Irene gemía bajo, intentando seguir la respiración que le pedían. El sofá la mantenía abierta, las caderas altas, sin poder cerrarse.

 


Se turnaron durante casi una hora. Cada uno la follaba un rato, lento, profundo, hablando de energía y de cómo su coño “recibía la sabia universal”. Irene se corrió dos veces, empapando el terciopelo. Al final los cuatro se corrieron sobre su vientre y sus tetas, el semen resbalando por el encaje.

 

Por la tarde la vistieron para salir. Un bodysuit amarillo, muy ajustado, de licra fina que se le pegaba al cuerpo como una segunda piel. Marcaba las tetas, el coño y el culo sin piedad. Debajo no llevaba nada. Los mismos tacones rojos. Un abrigo largo por encima, pero abierto.

 

El restaurante era pequeño, con mesas bajas y poca luz. El camarero era negro, alto, con hombros anchos y una sonrisa educada. Les sirvió vino y les miró las piernas a Irene cuando se sentó. Los cuatro hombres se turnaron para ir al baño. Cada vez que uno se levantaba, se llevaba a Irene de la mano.

 

En el baño, ella se arrodillaba, le sujetaba la polla mientras meaba, y luego se la metía en la boca para secarla, chupando hasta que no quedaba ni una gota. El segundo lo hizo igual. El tercero, el de la barba, se llevó un vaso de café con leche que había pedido. Se la sacó, le puso la polla en la boca y le dijo que se la mamara hasta el final. Irene se la tragó entera, la garganta abierta. Él se corrió en su boca, espeso. Luego sacó la polla, recogió el semen que le resbalaba por los labios y lo vertió en el vaso, para luego mezclarlo con el café.

 

Cuando volvieron a la mesa, el de la barba, el más cabrón de todos, pidió al camare que trajera café y que ha ella le gusta el café con leche, pero la leche ya la había ordeñado ella solita – Enseñandole el vaso con la corrida dentro.

El camarero negro les trajo más café. Marco le hizo un gesto a Irene.

 

—Toma. Bébetelo despacio.

 


Irene cogió el vaso. El camarero se quedó un segundo de más, mirando. El líquido era más turbio de lo normal. Ella bebió un sorbo, lento, sin apartar los ojos de él. El sabor a semen se mezclaba con el café. El camarero tragó saliva. Sus ojos bajaron a sus tetas marcadas bajo el bodysuit amarillo y luego al escote. Entendió. Se le marcó la polla bajo el pantalón.

 

Marco lo notó.

 

—¿Terminas pronto? —preguntó, directo—. Estamos en un retiro. Esta noche nos vendría bien un quinto miembro. Estos en un seminario privado de tantra para zorras experimentadas. Si te apetece.

 

El camarero miró a Irene. Ella tenía los labios brillantes del café. Asintió, casi sin voz.

 

—A las once —dijo—. Cuando cierre.

 

Esa noche, en la sala del sofá tántrico, Irene ya estaba desnuda excepto por los tacones rojos y unas bragas de encaje negra abiertas con el coño y por el culo que iban a ser regalo especial para Jack. Los cuatro instructores la esperaban. Cuando el camarero llegó, se quitó la camisa y el pantalón. Su polla era enorme, gruesa, oscura, ya dura. Irene se quedó mirándola.

 

La pusieron en el sofá, las caderas elevadas. Los cinco se turnaron. Bocas en sus tetas, en su coño, en su culo. El camarero se arrodilló entre sus piernas y le metió la polla negra despacio, centímetro a centímetro, hasta que Irene gritó. Los otros le llenaron la boca, las manos, el culo. Todos, sin excepción, la dieron por el culo. Se corrió varias veces, temblando, el coño empapado, el culo abierto. Al final los cinco se corrieron sobre ella y dentro de ella. El camarero fue el último: se la metió hasta el fondo y se vació, espeso, mientras Irene gemía con la boca llena de otra polla.

 

Cuando terminaron, Marco le acarició el pelo.

 

—Mañana le entregarás estas bragas a Jack. Te las dejamos bien sucias para él.

 

Irene cerró los ojos, llena, empapada, con el semen del camarero resbalándole por los muslos y el sabor a café y a polla todavía en la lengua.


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