Irene en el Obelisco: la noche en la prisión con los cuatro policías

Este relato es continuación directa de Comentarios cachondos de lectores a saga Irene

Está inspirado en un correo de uno de los miles de lectores que leen esto relatos que ha tenido la amabilidad de escribírme. Gracias, Marcelo. Dedicado a ti y a los cientos de lectores de un país al que tengo mucho afecto: Argentina.

 El tour sudamericano – Buenos Aires (desde el punto de vista de Jack)

El correo del argentino llegó justo después del de la lectora que pedía el relato en que Irene sería follada en transporte público. No pedía solo una cita: pedía que convirtiera la fantasía en relato. “Hace años trabajé en una cárcel”, escribió. 

“Quiero que Jack organice un tour por varios países de Sudamérica para que varios lectores nos la follemos delante de él. El primero soy yo. Que Irene salga a pasear por el Caminito de Buenos Aires con ropa muy sexy y cuatro policías corruptos se la lleven a la cárcel. Que sean muy dominantes, que se la follen toda la noche. Que le permitan llamar a Jack para que sepa que está bien. A la mañana siguiente la entreguen al lado del Obelisco y ella se despida con besos y morreos de los policías, feliz. Al día siguiente conocerá a los lectores y eso la pondrá cachonda.”




Jack leyó el correo en voz alta mientras Irene se probaba el conjunto que él había elegido para el primer día en Buenos Aires. Ella se miró al espejo, se pasó la lengua por el labio inferior y sonrió.

—Dile que sí —susurró—. Quiero que lo escribas.


El calor de la tarde porteña se pegaba a la piel. Irene caminaba unos pasos por delante de mí por una avenida cercana al Obelisco, los tacones de aguja resonando en el pavimento. Llevaba medias de red negras que le llegaban casi hasta la ingle, sujetas por un liguero fino que se adivinaba bajo la falda de cuero negro, tan corta que al caminar se le veía el borde inferior del culo. La blusa de gasa blanca, transparente, sin sujetador, dejaba los pezones oscuros y duros perfectamente visibles. El antifaz de encaje negro le cubría los ojos, pero no la sonrisa. Cada hombre que se cruzaba con ella giraba la cabeza. Ella no bajaba la mirada.

Yo iba detrás, con el móvil en la mano, grabando solo lo justo. El plan era simple: un paseo corto, que la vieran, que se mojara solo de sentirse expuesta. Lo que no esperábamos es que los cuatro policías aparecieran tan rápido.

El patrullero se detuvo a un metro de ella. Bajaron cuatro hombres de uniforme, altos, de aspecto duro, con el pelo corto y las camisas abiertas en el pecho. El más alto, de unos treinta y tantos, se le acercó sin prisa.

—Señorita, identificación. Ropa inapropiada en vía pública. Nos va a acompañar.

Irene se quedó quieta. Yo di un paso adelante, pero el segundo policía me miró y negó con la cabeza una sola vez. Irene levantó la vista hacia mí, los labios entreabiertos, y asintió levemente. La agarraron de los brazos, no con violencia excesiva, pero con firmeza, y la metieron en el patrullero. Antes de que arrancaran, ella me mandó un mensaje de voz de tres segundos: “Estoy bien. Te llamo luego.”

La cárcel a la que la llevaron no era la principal. Era un pabellón antiguo, apartado, con las luces fluorescentes parpadeando y el olor a desinfectante y sudor. La hicieron entrar a una sala sin ventanas, con una mesa de metal y un banco. Le quitaron el antifaz. Le dejaron el resto de la ropa puesta.

El más alto se plantó delante de ella.

—Vas a pasar la noche aquí. Con nosotros. Tu marido ya lo sabe. Ahora arrodíllate.

Irene se arrodilló sobre el cemento frío. Le subieron la falda hasta la cintura. No llevaba bragas. El coño ya brillaba. El primer policía se sacó la polla, gruesa, oscura, y se la metió en la boca sin avisar. Ella abrió bien, se la tragó hasta la base, las manos apoyadas en sus muslos. Mientras la follaba la garganta, el segundo se colocó detrás, le abrió las nalgas y le escupió el culo. Dos dedos entraron de golpe. Irene gimió alrededor de la polla que tenía en la boca.

—Mírala —dijo el tercero, grabando con el móvil—. La zorra está chorreando. Vamos a llenarla de todos lados.





La pusieron a cuatro patas sobre el banco. El primero siguió en su boca, agarrándole el pelo con fuerza, empujando hasta que las lágrimas le corrían por las mejillas. El segundo le metió la polla en el coño de una sola estocada, hasta el fondo, y empezó a follarla con ritmo duro, las pelotas golpeándole el clítoris. El tercero se arrodilló a un lado y le mordió un pezón a través de la gasa transparente, tirando de él mientras el cuarto le metía dos dedos en el culo al mismo tiempo que la polla del segundo la llenaba por delante.

Irene gemía sin parar, la voz rota. Cada embestida la hacía balancearse hacia adelante, tragándose más polla. El que la follaba por detrás la agarró de las caderas y aceleró.

—Córrrete, puta. Córrrete con dos pollas dentro.

Ella se corrió con un grito ahogado. El coño se contrajo alrededor de la polla, el culo se apretó alrededor de los dedos. El hombre que la follaba la boca se corrió primero, llenándole la garganta. Ella tragó todo, con los ojos entrecerrados. Cuando él se apartó, el que estaba detrás la levantó, la puso de pie y la dobló sobre la mesa. Le abrió el culo con las manos y se la metió de un empujón, lento al principio, luego sin piedad. Los otros dos se turnaron en su boca y en el coño, uno detrás de otro. La usaron durante horas: la dejaron suspendida entre dos de ellos, una polla en el coño y otra en el culo, mientras el tercero le follaba la boca y el cuarto le daba cachetadas en las tetas y le decía lo zorra que era por aguantar tanto.

A mitad de la noche le permitieron llamar. Le pusieron el móvil en la mano mientras uno de ellos seguía embistiéndola por detrás, despacio, muy profundo.

—Jack… —su voz era ronca, pero tranquila—. Estoy bien. Me van a tener toda la noche. No te preocupes. Me están… me están follando muy bien. Mañana me entregan al lado del Obelisco.





Oí el sonido húmedo de fondo. Ella soltó un gemido corto.

—Te quiero —dijo, y colgó.

Cuando amaneció la habían usado tantas veces que las medias de red estaban rotas y la blusa empapada de saliva y semen. La limpiaron solo lo justo, le pusieron de nuevo el antifaz y la llevaron en el patrullero hasta el Obelisco. Yo estaba allí, esperando. La bajaron del coche. Irene caminó hacia mí con las piernas un poco temblorosas, la falda todavía subida, el coño y el culo goteando. Se detuvo a un metro de mí, se giró hacia los cuatro policías y, uno por uno, les dio un beso largo, con lengua, agarrándoles la polla por encima del pantalón mientras les susurraba “gracias”. Ellos le devolvieron los morreos, uno le metió la mano entre las piernas una última vez y le dijo “vuelve cuando quieras”.

Luego se giró hacia mí, se quitó el antifaz, me sonrió con los labios hinchados y me abrazó.

—Estoy contenta —me dijo al oído—. Muy contenta. Mañana quiero conocer a los lectores. Ya estoy mojada solo de pensarlo.

Caminamos juntos hacia el hotel. Ella cojeaba un poco, se tocaba el culo de vez en cuando y reía bajo. Al día siguiente, cuando los dos lectores argentinos nos esperaban en la suite, ella salió del baño con el mismo conjunto (medias nuevas, falda aún más corta) y se arrodilló entre ellos sin que nadie se lo pidiera, mirándome a mí con esa sonrisa que solo pone cuando ya está cachonda de verdad.


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