Irene en el bar de mala muerte de Buenos Aires


Irene en el bar de mala muerte de Buenos Aires 

Delante de todos los hombres que la miraban con hambre se agachó, sacó la verga del dueño y se la metió en la boca. Después bajó al sótano, se desnudó por completo y se puso una mascarilla. Quería que la usaran, pero nadie debía reconocerla cuando volviera a España.

Irene llevaba tres semanas en Buenos Aires y todavía no se acostumbraba del todo al calor seco que le pegaba en las piernas cuando bajaba del colectivo (autobús). Treinta y cuatro años, profesora de instituto en España, había venido a hacer una estancia de seis meses en un instituto local. Desde joven, Irene siempre había sentido una atracción especial por Argentina y Uruguay. De hecho, la virginidad (fuera de algún que otro asunto familiar con su hermano) la perdió en Montevideo con un guía turístico que un poco la engañó y acabó follándosela un poco borracha en una furgoneta turística… pero aquello no fue una violación y siguieron manteniendo contacto mucho después de que Irene volviera de aquel viaje de placer a España.

 

 Anticipación frente al bar. Irene, treintañera española, de pie en la acera de Mendoza al atardecer, mirando la puerta abierta del bar de mala muerte. Se le nota la tensión y el deseo.

Por fuera, Irene, recientemente casada, seguía siendo la misma de siempre: blusas claras, faldas por debajo de la rodilla, el pelo recogido con una pinza y esa sonrisa educada que usaba con los alumnos y con los compañeros. Por dentro, desde el segundo día en Argentina, llevaba el coño húmedo cada vez que pasaba por delante del bar de la esquina de Avenida Caseros (San Telmo). Sin saber muy bien porque, sentía una especie de atracción por aquel local, casi exclusivamente frecuentado por hombres.

 

Jack, su marido, la llamaba todas las noches. Le contaba cómo le faltaba su ración diaria de rabo, cómo se despertaba con las sábanas pegadas y la mano entre las piernas. «Me has malacostumbrado», le decía ella con la voz baja, ya en la cama del piso de alquiler. «Me despierto pensando en tu polla dentro y no hay nada. Me toco y no es lo mismo». Él se reía, se la imaginaba tocándose por dentro de la braga y le prometía que cuando volviera se la cobraba con intereses. Pero las llamadas no bastaban. El cuerpo le pedía más.

 

Durante dos semanas se había mojado solo de pasar por delante del bar. Se imaginaba a esos hombres gordos, flacos, viejos y borrachos usándola. Se tocaba en el piso pensando en el cocinero ceboso que la miraba con hambre de verdad cada vez que asomaba la cabeza por la puerta de la cocina. El día que decidió entrar se puso bragas que ya estaban empapadas antes de bajar del colectivo. Se había corrido dos veces esa mañana solo de imaginárselo.

 

El local era bajo, con la puerta siempre abierta y el olor a fritura y vino barato saliendo a la calle. Dentro se veían mesas de fórmica, un mostrador largo y hombres de todas las edades: viejos de camisa manchada, tipos flacos de mirada turbia, el cocinero enorme con el delantal pegado al abdomen. Todos la miraban igual. Con hambre. No la de un cumplido. La de quien ya se la estaba imaginando a cuatro patas, recibiendo rabo.

 

Por fin se detuvo frente a la puerta. El corazón le latía fuerte. Respiró hondo y entró.

 

El dueño estaba detrás de la barra. Era Horacio. Mulato argentino, alto, de hombros anchos y una sonrisa lenta que se le agrandó al verla. Irene se acercó sin rodeos.

 

—¿Es verdad lo que dicen de tí? —preguntó, la voz más baja de lo que esperaba.

 

Él apoyó los codos en el mostrador y la miró de arriba abajo, deteniéndose en la curva de sus pechos bajo la blusa y en las caderas.

 

—Depende de lo que digan.

 

Ella no contestó, pero no dejaba de pensar en lo que una noche cenando con compañeras del instituto habían contado sobre el pollón de Horacio, que parecía ya había saboreado más de una profesora del instituto.  

 

Irine se agachó allí mismo, delante de los parroquianos que ya se habían callado, le bajó la bragueta y le sacó la verga. Estaba caliente, gruesa, con el olor a sudor y a jabón barato. La metió en la boca y chupó despacio, saboreando el peso sobre la lengua, luego más hondo, sintiendo cómo se le endurecía del todo y cómo su propio coño se contraía de anticipación. Los hombres del bar se acercaron. Oyó risas, comentarios sucios, el sonido de una silla arrastrándose. No le importó. Quería que la vieran. Quería que Jack pudiera imaginarla así. Luego se lo contaría con detalle en la cama, mientras con una mano sujetaría el teléfono y con la otra se masturbaría.

 

El dueño le agarró del pelo y la guió un poco.

 

—Bajemos —dijo.

Mamada pública en la barra. Irene agachada en el bar, chupando al dueño mulato delante de los clientes.


La llevó al sótano por una escalera estrecha que olía a humedad y a vino. Había un colchón viejo en el suelo, una mesa con botellas vacías y una bombilla que colgaba del techo. El mozo, un chico más joven, delgado, de mirada nerviosa y polla ya dura bajo el delantal, los seguía.

 

Irene se quitó la blusa y la falda sin prisa. Se quedó completamente desnuda. Los pechos le pesaban un poco, los pezones duros y oscuros, el coño brillante y abierto, con los labios hinchados. Se tocó un segundo, solo para confirmar lo mojada que estaba, y sacó de la bolsa un antifaz veneciano negro de tela. Se la puso bien ajustada.

 

—Si alguien quiere fotos, que las haga —dijo, la voz amortiguada por la tela—. Pero siempre con esto puesto. Cuando vuelva a España no quiero que me reconozcan ni los alumnos ni los profesores. Si alguien me quita el antifaz, se acabó todo.

 

Los hombres se miraron. Algunos ya tenían el móvil en la mano. El dueño asintió.

 

—Se respeta.

 

—Él primero —ordenó Irene, señalando al mozo—. Después vos. Y el cocinero. La cola solo para ustedes tres. Y yo digo cuándo cambio y cómo.

 

El mozo la tumbó en el colchón. Ella abrió las piernas y se tocó el clítoris mientras él se la metía. Estaba caliente y apretada al principio, estrecha de haber estado dos semanas sin recibir la polla de su marido.

Irene gimió cuando la llenó del todo, sintiendo cada centímetro.

Desnuda en el sótano con mascarilla. Irene completamente desnuda en el sótano, con la mascarilla negra puesta, de rodillas y peras al aire.


Irene abrazaba a su macho del día mientras gemía volviendo locos a todos los hombres que no podían sino tocarse las vergas y soltar obscenidades: Me encantas estas zorras gallegas, son las más putas de entre las europeas, les encanta venir a América a follarse a nativos – las encantan las pollas argentinas, las uruguayas, pero también las mejicanas y las brasileras, por no decir las cubanas.

 

Después, la satisfacción. Irene ya vestida, saliendo del bar , con las piernas temblorosas y una sonrisa.


Escuchando como la ponía de puta para arriba, Irene se corrió rápido, la primera vez, con las piernas temblando alrededor de su cintura y el coño contrayéndose fuerte alrededor de su polla. Él siguió follándola hasta correrse dentro. Ella se tocó para empujarlo más adentro y se chupó los dedos, saboreando la mezcla. Un par de móviles se encendieron. Las fotos captaban el cuerpo, las tetas, el coño abierto y goteando, pero nunca la cara sin el antifaz. Irene sabía que las fotos circularían pronto por internet y eso no hacia mas que encenderla más.

 

—Más lento —le dijo al dueño cuando ocupó su lugar. Él era más grueso. La folló por el coño un rato, profundo y pesado, y ella se corrió otra vez, esta vez más largo, con la espalda arqueada y los pezones duros bajo sus propias manos. Luego se dio la vuelta ella misma, se arrodilló sobre el colchón y se abrió las nalgas con las dos manos.

 

—Ahora por el culo. Folladme por el orto, pero despacio.

 

Dolió un segundo, un ardor que le recorrió la espalda. Después se abrió. El mulato la agarró de las caderas y la empotró hasta el fondo, gruñendo. Irene gemía cada vez que le daba hasta la base, sintiendo cómo el culo se le estiraba y cómo el coño le goteaba todavía más. Cuando se corrió, le llenó el ano de leche caliente que empezó a gotearle por los muslos. Alguien se acercó más con el móvil. Ella giró la cabeza para que la mascarilla cubriera todo.

 

El cocinero entró secándose las manos en el delantal. La barriga le colgaba, el sudor le brillaba en el pecho y en la frente. Irene se tumbó de espaldas y le abrió las piernas.

 

—Primero el coño. Quiero sentirte entero.

 

Él se la clavó pesado y profundo. Ella se tocó el clítoris y se corrió fuerte, las piernas temblando, mientras él seguía embistiendo. Después se dio la vuelta para satisfacer plenamente a su hambriento ano.

 

—Ahora el culo. Más fuerte esta vez.

 

El semental mas musculado la cogió con todo. Cuando se corrió, le llenó el ano otra vez. Irene se quedó un momento quieta, sintiendo el calor que le salía, el pulso en el coño y en el culo, y se chupó los dedos otra vez.

 

Para entonces el sótano ya no estaba vacío. Los parroquianos habían bajado. El dueño cerró la puerta de arriba y les habló.

 

—La chica quiere que la cojan. Todos. Pero el culo solo nosotros tres. Y la cara cubierta. Si se portan bien, la pueden usar por delante y por la boca.

 

Irene, todavía de rodillas, con el coño y el culo goteando, asintió.

 

—Quiero que me llenen —dijo—. Todos. Como me llena mi marido todas las noches. Me falta su rabo. Hoy me van a dar la ración que me debe. Y yo digo cuándo parar.

 

Empezaron a bajar de a uno. Jóvenes y viejos gordos de barriga blanda y pollas cortas y gruesas. Flacos de verga larga y nervuda. Un par de tipos más jóvenes. Todos la usaron. La ponían a cuatro patas y se la metían por el coño mientras otro le llenaba la boca. Cuando uno se corría, ella se limpiaba con los dedos, se los chupaba y pedía el siguiente. Bebía lo que le daban: de las pollas directamente o de su propia mano cuando se lo sacaban a mitad. El sabor salado, espeso, se le mezclaba en la lengua con el sudor de los hombres.

Sus imponentes tetas también fueron importante foco de atención. Un cabrón cuidaba siempre de que sus pezones estuvieran a flor de piel.

De vez en cuando alguien le pedía que se diera la vuelta para una foto mejor. Ella lo hacía, siempre con la mascarilla bien puesta, el pelo suelto tapando lo que pudiera. Nadie se atrevió a tocarla. El dueño, el mozo y el cocinero la cogían por el culo de vez en cuando, turnándose, mientras los demás la usaban por delante. Irene se corrió varias veces más: una con dos pollas a la vez, otra cuando el cocinero le metió los dedos mientras alguien la follaba por detrás, otra cuando un viejo gordo la puso boca arriba y le chupó el coño mientras otro se la metía. Sentía el coño ardiendo, el culo abierto, la boca cansada, y cada orgasmo la dejaba más hambrienta en lugar de satisfecha.

 

Pasaron horas. Cuando los hombres empezaron a cansarse, el dueño abrió de nuevo el bar. Irene se levantó despacio. Las piernas le temblaban. El mozo le pasó una toalla y un vaso de agua. Se limpió como pudo, se puso la ropa sin bragas y subió las escaleras. El local olía a lo mismo de siempre. Los pocos clientes que quedaban la miraron, pero nadie dijo nada.

 

Se acercó al dueño.

 

—Gracias —le dijo, la voz ronca, todavía con la mascarilla puesta—. Me hicieron feliz. Mañana, tal vez vuelva. Y si alguien saca fotos, que las borre si alguna vez se me ve la cara.

 

Él sonrió, esa misma sonrisa lenta.

 

—Claro cariño. Se respeta. Cuando quieras. Aunque el tenía cámaras de seguridad por todo el local y seguramente tendría todas las imágenes con su cara sin máscara que quisiera.

 

Irene salió a la calle. El aire de la noche le pegó en las piernas todavía húmedas. Se tocó el coño por encima de la falda y notó el calor que le quedaba dentro, el pulso suave del culo. En el bolsillo del pantalón el móvil vibró. Era Jack. Sonrió bajo la mascarilla y contestó.

 

—Acabo de cobrar la ración que me debías —dijo—. Mañana te cuento cómo.

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Gracias al lector que me compartió esta historia basada en hechos reales. Saludos para Argentina.

Una vez más, se agradece valoración y comentarios bien por email, bien en Todosrelatos.com:

Deneb - Autor de TodoRelatos



Jack, Irene y un lector conociendo a Irene en Madrid.

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